#MeToo en las universidades

Primero un poco de historia

Las universidades y el conocimiento reglado en general han constituido instituciones puramente masculinas, sobre todo entre los siglos XII y XIX. En lo que se refiere al siglo actual, aunque las universidades se encuentran en una fase de evolución, los privilegios y recompensas, las discriminaciones y las exclusiones se mantienen (Biglia y Vergés, 2016).

En las universidades existen violencias de género y LGTB(+)fóbicas que en muchos casos se silencian y que cuando salen a la luz, en general, lo hacen desde un enfoque que no consigue poner el foco en las relaciones de poder que hacen posibles estas violencias. Los casos de violencia por cuestión de sexo, género o identidad no son comportamientos aislados, sino generalizados, y así deben tratarse.

Mirada desde los feminismos

Los estereotipos de género y las relaciones de poder heterosexistas existen en la base de la organización académica (Cagliero y Biglia 2019). Las estructuras de las universidades están altamente jerarquizadas, de forma que el poder queda en manos de unos pocos, mayoritariamente, hombres. Este sistema invisibiliza las situaciones de acoso sufridas por quienes ocupan los escalafones más bajos. Esto provoca que las personas acosadas oculten su sufrimiento para evitar poner en jaque sus carreras.

Los movimientos feministas defienden la existencia de un vínculo estrecho entre las violencias sexuales/de género y la cultura de la violación. Una visión feminista entiende las violencias de género y cisheterosexistas como una parte más de los mecanismos coercitivos de la cultura heteropatriarcal que “reflejan y refuerzan relaciones de poder jerárquicas e injustas” (Toledo y Pineda, 2016). De esta manera, las violencias constituyen una manera de controlar y poner en su lugar a las mujeres y otros sujetos no normativos, siendo la forma más cruda de un continuo de relaciones de poder (Biglia, 2015).

Cómo producir un cambio

La presión de los grupos feministas y militantes LGTB(+) ha conseguido en los últimos años la elaboración de protocolos y el estabelecimiento de Unidades de Igualdad. Esto se ha hecho en particular siguiendo las directrices de la Ley Orgánica 3/2007, de 22 de marzo, para la igualdad efectiva de mujeres y hombres, y, en el caso catalán, de la Ley 11/2014, de 10 de octubre del Parlament de Catalunya, para “garantizar los derechos de lesbianas, gais, bisexuales, transgéneros e intersexuales y para erradicar la homofobia, la bifobia y la transfobia”.

Sin embargo, hay que ir más allá de los protocolos y, por un lado, entender que las instituciones deben asegurar el acompañamiento de las personas supervivientes, haya o no una denuncia formal. Por el otro, prevenir las violencias, y prevenirlas pasa por cambiar la cultura académica para que los consensos alrededor de creencias cisheteropatriarcales y las relaciones de poder que las hacen posibles vayan desapareciendo.

Desde PRISMA

Respaldamos el movimiento #MeToo en universidades y centros académicos, y colaboramos en la elaboración de planes de igualdad y protocolos antiacoso para favorecer el cambio. Además, creemos en la prevención de la discriminación y el acoso a través de una formación activa en materia de género, igualdad y diversidad.

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